A propósito de Barcelona y Cataluńa que se lo escucha ahora por el delirio salvaje de un desadaptado, deberiamos preguntarnos, que hace esta región que atrae a nuestros migrantes. Este mes me llegó el newsletter IESE Insight del IESE Business School, y en la sección economía aparece un interesante artículo «Gobernar para competir, reflexiones desde la experiencia» donde se analiza el libro «Políticas para la competitividad. Una experiencia de gobierno» escrito por profesores del IESE, Antoni Gurguí y Antoni Subirà, quienes de sus experiencias de gobierno en Cataluńa, realizan un diagnóstico sobre sus resultados y eficacia. Los autores indican que el objetivo principal del libro es «construir una teoría de acción política sobre como influir desde el poder, sin pecar de intervencionismo en la actividad industrial de un país». Los autores mencionan que las políticas de competitividad se debe enfocar en los siguientes objetivos: a) hacer crecer los márgenes (innovación); b) incrementar el volúmen de mercado (internacionalización); y c) o, como mínimo, reducir los costes (incremento de eficiencia productiva). El gurú de la competitividad, Michael Porter (Institute for Strategy and Competitiveness, Harvard School) escribe el prólogo del libro: «Este es un libro escrito desde la experiencia de la práctica real. No conozco ningún otro texto que aborde la política de la competitividad desde esta perspectiva. […] Creo que tenemos una muestra de cómo un gobierno puede influir de manera positiva sobre este intangible, el núcleo central de la capacidad de creación de prosperidad de un país, que denominamos competitividad.»
Porter resalta las tres etapas existentes en la competitividad de cualquier economía: 1) factores de producción (costos de mano de obra y acceso a recursos naturales, etc.); 2) inversión; e 3) innovación. La obra analiza el desarrollo competitivo de Cataluńa entre 1980 y 2003, resaltando que al inicio la economía catalana y espańola eran «economías cerradas y por ende protegidas contra la competencia internacional». Subirà y Gurguí impulsaron la apertura económica de Cataluńa al mundo a través de dos tipos de políticas: «incentivando la actividad de empresas catalanas en el extranjero; y captando inversión extranjera al territorio catalán». Esto llevó a que las exportaciones crecieran a una tasa promedio del 12 por ciento (y en sus ańos picos llegó hasta el 25 por ciento). Cataluńa no le hizo mala cara a las multinacionales, más bien la presencia de éstas fue importante, ya que las empresas de capital extranjero estaban en los primeros lugares en el ranking por ventas en la mayoría de sectores. Cataluńa también creó y apoyó laboratorios e instituciones para ayudar a varios sectores en adecuación a las normas, y a la mejora de sus productos y procesos. También impulsó políticas de investigación, desarrollo e innovación. Descartan los autores de la obra políticas intervencionistas, que dan resultados inmediatos pero distorcionan las relaciones económicas existentes perjudicandolas a largo plazo. Más bien, las políticas de competitividad debe fomentar a que el sector empresarial sea creativo, estimulando el desarrollo de bienes y servicios que son apreciados en el mercado.
Nuestros gobernantes hacia allá deben apuntar si de verdad se quiere alcanzar el desarrollo. En lugar de asambleas que buscan acaparar el poder para llevarnos al socialismo, en vez de provincializaciones, centralismo y luchas intestinas estériles, debemos buscar la descentralización vía autonomías y aplicar políticas de buen gobierno. Obviemos practicar políticas fracasadas, evitemos aquellos errores y aprendamos de la experiencia de quienes con éxito están sacando adelante a sus habitantes.
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