La Constituyente

Hace poco escribía en El Universo, Manuel Ignacio Gómez, que ya se olvidaron los grupos de gente honesta que se formaron antes de las elecciones para debatir ideas, apoyar a tal o cual candidato.  En este momento el grupo de Levanta Manos de Montecristi, esta sepultando el país, siguiendo modelos dictados desde Caracas (bueno fuera que sea Quito), con recetas que llevan, como Venezuela al fracaso absoluto. Nadie dice nada, pocos son los medios (tarde) que denuncian las estupideces que se dicen en la Asamblea.  A la gente le da vergüenza hablar de los principios que han construido a las grandes naciones: trabajo, educación y sacrificio.  Queremos salir adelante sin trabajar, con modelos de subsidios, pensiones y pipones.   Hablan todos de usar el dinero (del IESS o del Estado) en proyectos por aquí por allá, sin consultar al pueblo, un pueblo que se muere de hambre y necesita salud, educación y carreteras que se aguanten porque en Montecristi no nos ponemos de acuerdo en donde hacer el congreso, que si Dios va en tal o cual parrado y si aprobar o no el derecho al placer femenino. 

Mientras esas cosas se discuten, los temas de trabajo, fomento a la inversión y la creación de un país rico y pujante está en el olvido.  Las constituciones ayudan a los estados a ser fuertes, son motivo de orgullo, la nuestra será un mamotreto, con faltas ortográficas y de dicción que nos avergonzara.  Si alguna vez tuvimos un himno nacional entre los más bonitos del Mundo, ahora nos conocerán por la constitución más fea, por no decir ilógica del planeta. 

Les hago acuerdo a los asambleístas que falta el derecho a los perros runos a transitar por barrios de pelucones y al placer. Así mismo el derecho a los ladrones a salir de la cárcel en 2 días no ha sido ratificado.  Otro derecho que olvidamos es el del bono de la vagancia y es el impuesto a los botines robados por los gobernantes de turno y por supuesto el de cambiar el monumento de la Rotonda, en Guayaquil, para en lugar de Bolivar y San Martin dejar a Chávez y Correa, para que las generaciones futuras conozcan donde nació el remedo de estado que se está creando en Montecristi.  Eloy Alfaro se revuelve en su tumba, hombre brillante, encerrado entre tanto mediocre y pillo. 

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