El poder del mandante

Cuando crece el poder del Estado, a través del centralismo, el mandante pierde poder, lo contrario el burócrata. Aumenta el papeleo y trámites. Se pierde agilidad para trabajar. Modus operandis de sistemas socialistas. Disentir se relega por sometimiento, elección por sumisión. Todo esto degenera en corrupción, mercados negros, frustraciones. El Leviatán se reproduce y nos consume con verborrea. Los venezolanos empiezan a despertar, el ecuatoriano duerme, todavía.

El poder de las personas
Por Fabián Corral B. – El Comercio
Lunes, noviembre 12 de 2007

El crecimiento del Estado y la ampliación de las potestades de la burocracia causa la disminución de la libertad de las personas. Más poder para el ente político, menos poder para la sociedad civil; más capacidades para el funcionario, menos derechos para el individuo, esa es la lógica inevitable. El tema esencial está en saber si el bien común –fin último de todo lo público- es posible con más poder y menos libertad, o si es a la inversa.

El crecimiento del Estado y la ampliación de las potestades de la burocracia causa la disminución de la libertad de las personas. Más poder para el ente político, menos poder para la sociedad civil; más capacidades para el funcionario, menos derechos para el individuo, esa es la lógica inevitable. El tema esencial está en saber si el bien común –fin último de todo lo público- es posible con más poder y menos libertad, o si es a la inversa.

Las tesis estatistas son siempre riesgosas, porque disminuyen el ámbito de las libertades, con el argumento, o más bien con la excusa, de que así alcanzarán la justicia, la igualdad y la equitativa distribución de la riqueza. Pero, la experiencia histórica demuestra que los derechos y las libertades que se expropian a las personas, se quedan para siempre en el Estado, y nunca sirven para crear el mundo feliz que se ofrece. Sirven, sí, para articular un sistema de poder incontrastable y para incrementar y fortalecer a la burocracia. Se trata de un endoso irrevocable de derechos sin reserva alguna ni beneficio tangible.

El efecto real que se produce con la transferencia de derechos y bienes de la sociedad al Estado, es que los individuos se transforman en crónicos dependientes de las oficinas estatales, perpetuos tramitadores de permisos, sumisos empleados públicos. Eso genera una situación donde las personas quietas y temerosas, se hacen clientes necesarios de los monopolios y, por supuesto, mansos seres que renuncian a la creatividad y a la discrepancia, y que se instalan en la cómoda mediocridad que permite vegetar mientras pasa el tiempo.
Así vivieron los rusos 70 años, los españoles 40 y los cubanos 50. Todos con la esperanza de que la felicidad asomaría a la vuelta de la esquina. Esas sociedades están conformadas por personas sin autonomía y sin libertades. En esas sociedades prevalece la obediencia sobre la discrepancia, la aceptación sobre la elección.

Son sociedades antidemocráticas porque eliminan la posibilidad de elegir, crean el hábito de trampear y suplantan la ausencia de libertades por la ‘habilidad’ de simular y mentir. Los estados totalitarios, además de intolerantes y represores, generan fraude, contrabando, informalidad. El enmascaramiento es una de sus características: los más celosos guardianes del sistema, son los capitanes de industria de la sociedad paralela que vive en las trastiendas, lucrando de la necesidad y de la angustia de los vecinos.

La mafia rusa es producto y secuela del Estado totalitario, que salió a la luz cuando el régimen se descalabró, y es hija, además, de la “nomenclatura” soviética, club de burócratas dorados y políticos poderosos que vivieron y disfrutaron de todas las comodidades burguesas en nombre del socialismo y al amparo de la marca de la revolución.

En los procesos de transferencia de derechos desde las personas hacia el Estado hay que ser cuidadosos y perspicaces, porque el poder siempre quiere más poder. Es el enorme e insaciable Leviatán que devora recursos, libertades y gente a cambio de retórica.

El proceso de consolidación del totalitarismo en Venezuela es un ejemplo. Y es un ejemplo también la dignidad y valentía de los universitarios venezolanos, que contrasta con el sometimiento ideológico y el cómodo silencio de los demás universitarios latinoamericanos.

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