Recuerdos de Gallegos Lara

Por Rómulo López Sabando

Publicado originalmente en Diario Expreso

Este viernes 16 de noviembre se cumplen 60 años del fallecimiento de Joaquín Gallegos Lara. Nació en Guayaquil el 9 de abril de 1909, en la calle Bolívar, ahora Víctor Manuel Rendón. Sus padres fueron Joaquín
Gallegos del Campo y su madre mi tía abuela Emma Lara Calderón de Gallegos.  Inscrito como Joaquín José Enrique de las Mercedes Gallegos Lara, nunca conoció a su padre quien, lejos de él y de su madre, falleció en Machala, cuando tenía 19 meses de nacido.

La primera vez que vi a Joaquín me impactó su figura. Sentado en una hamaca, en la buhardilla (estudio) del tercer piso de la casa-consultorio del millonario tío doctor Julián Lara Calderón, en la
esquina de las calles Manabí y Eloy Alfaro, con sus frágiles, colgantes e inútiles piernas, se mecía al ritmo de su hablar suave y persuasivo, interrumpido por sus sonoras carcajadas. Pese a mi corta edad,
disfrutaba de su singular simpatía.

Nunca entró a una escuela. Entre su madre y su tío, quien lo crió y fue su mentor, forjaron su talento. Con él, que lo financiaba, aprendió inglés, italiano, francés, alemán y ruso. Pero, por sus ideas revolucionarias, le gustaba actuar como proletario y vestir como obrero. Era auténtico. Falso y perverso aquello de que era “amargado y de familia pobre”. Era alegre, romántico, sentimental y a veces melancólico. No tuvo hijos.

José de la Cuadra lo llamó “El suscitador”. Sólo tenía 13 años de edad cuando se produjo la matanza del 15 de noviembre. No obstante, sin ser testigo, hizo de su novela “Las cruces sobre el agua” (1946) dramática
denuncia política.

El tío Julián, su mecenas, fue el primer estudiante del Colegio Nacional “Vicente Rocafuerte” para quien se creó el Gran Premio de Honor, en 1901, en placa de bronce. Y, como principal accionista del Banco La Previsora, financiaba a su compadre Víctor Emilio Estrada S.

Su madre, Emma Lara Calderón, fue bisnieta de la dama cuencana Tomasa María Mercedes Malo de la Peña (1776-1792) y del coronel Francisco García-Calderón Díaz, (1768-1812), prócer que dirigió los ejércitos
patriotas, fusilado por Aymerich en Ibarra el 3 de diciembre. Nieta del primogénito Joaquín Calderón Malo (n.1790), hermano paterno de Abdón Calderón (n.1804) y de Baltasara Calderón Garaycoa de Rocafuerte
(n.1806).

Me fascinaba platicar con Joaquín. Y más, cuando declamaba versos y, paternalmente, me daba consejos. Fui testigo de sus reuniones cálidas con dos íntimos amigos: mi padre Pío López Lara (su primo hermano) y el licenciado Pedro Saad Niyaim, quien decía que Joaquín era su inspiración, maestro y conductor político. Curiosamente a la amistad que los unía, habían nacido en tres meses sucesivos. Joaquín el 9 de
abril, don Pedro el 19 de mayo y mi padre el 6 de junio.

Le gustaba oír los versos de José de Espronceda (1808-1842) y, de manera especial, “La Casada Infiel” de Federico García Lorca (1898-1936), y “Poema 20” de Pablo Neruda, (1904-1973) que mi padre recitaba.

Escuchándolos conocí a Rubén Darío, a José Joaquín de Olmedo y a Medardo Ángel Silva. Me tomaba como lección “El alfabeto para un niño” que debía yo recitarlo de memoria, igual como yo lo hacía con mi padre y mi abuelo Rómulo. Mi profesor José Joaquín Pino de Ycaza, al conocer que era su sobrino,
me mandaba deberes y lecciones sólo sobre Joaquín.

Años después, cuando visitaba al tío Julián, me encontré con Walter Calderón Lara, primo doble, quien bajaba las escaleras con una acuarela que Joaquín pintó a los 16 años de edad. Y como su intención era
vendérsela a Filián, se la compré. Es muy bella y la guardo entre mis tesoros personales. Es la única.

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