PETRÓLEO EN QUITO, GUAYAQUIL Y CUENCA

Por Rómulo López Sabando

Publicado originalmente en Diario Expreso

“El petróleo trae muerte”, dijo David Ahua, presidente de los Huaorani. Los “no contactados” se extinguirán. El Ministerio de Ambiente dio a Petrobrás (que los divide) licencia para explotar el bloque 31 en Yasuní. Rechazan el estudio de impacto y manejo ambiental del Ministro de Minas para los campos Nenke y Apaika.

Al ingresar Petrobrás sin autorización a Yasuní y transportar por el río material pesado, incurrió en falta grave que anula su licencia. Pero el Ministerio de Ambiente les impuso multas de 35 dólares. Y, sin autorización del Gobierno, vendió 40% de sus acciones a Teikoku Oil. Esto, caduca el contrato. Según la Canciller, la investigación por transferencia irregular de acciones depende del Procurador Xavier Garaycoa.

El permiso genera dudas, dijo Alberto Acosta. Pidió a Correa precisión, pues hace 5 meses sostuvo que hay que mantener bajo tierra el crudo de ITT.

Y hasta hoy no existen fideicomisos para recibir donaciones. Solo propuestas. Pero, en singular acto de soberanía, Correa impuso “la decisión de mejorar la participación estatal al 99% sobre los ingresos generados por los altos precios. Son US $ 840 millones, por año, que resuelven su “dilema de conciencia”. Con esos recursos, salvará Yasuní.

En Yasuní habitan los Huaorani conocidos como Aucas y comunidades quichuas. Todos viven de los recursos de la selva con vegetación verde, densa y con mucha flora epifítica (Especie vegetal que vive encima de otra). Existen musgos, helechos, orquídeas y bromelias y otras formas de vida vegetal. Variedad de hongos, lianas, trepadoras y líquenes. Más de 500 especies de aves vistosas, como los guacamayos, loros y tucanes.

Pero el daño que hacen los madereros, que negocian con los nativos, incluso en sociedad con los aborígenes en aislamiento voluntario, es también depredador.

Según Jeffrey Sachs, (autor de “El fin de la pobreza”), el petróleo es dinero y poder, pero sin desarrollo, para los Estados que lo tienen. Es la “maldición del petróleo”. En los años 50, Surcorea tenía ingresos per cápita de US $ 300 anuales y Venezuela petrolera US $ 7.000. Cuarenta años más tarde, Corea sin petróleos tiene, por habitante, US $ 30.000 de ingresos y los venezolanos US $ 7.000. La excepción es Noruega. Para evitar que los ingresos del petróleo dañen a su economía y protegerlo de futuros déficit por la tendencia de la población a envejecer, el Parlamento creó en 1990 el Fondo Gubernamental del Petróleo (Fondo de Pensiones), con el flujo neto de capital del petróleo y el rendimiento del capital que superó los 1.800 billones de coronas noruegas.

Sólo los “intereses” se usan para obra social o cubrir déficit del Gobierno. Noruega no sufre las distorsiones de las “economías petroleras”: enormes ingresos que anulan a sectores productivos; ni su gente es parásito del Estado rico.

Con ingreso per cápita de US $ 51.755, es, en Europa, el país con menor desempleo e inflación. Gigante en bienestar social. En Rusia, el ‘boom’ enriquece a la oligarquía. Según el PNUD, Nigeria, Chad y Angola (petroleros ricos) son bajos en desarrollo humano. Arabia Saudita, mayor petrolero mundial, comparado con Noruega es un paupérrimo tugurio.

Un interrogante válido, hasta ahora no respondido, es el que yo planteara hace algunas semanas. Si explotando petróleo se combate la pobreza, de encontrarse crudo en volúmenes como en el ITT, en el Malecón de Guayaquil, la Plaza de la Independencia de Quito o el parque Calderón de Cuenca, ¿se destruirían las tres ciudades para ello? Entonces, ¿Por qué ITT?

Anuncios