El Independent: Esclavitud constitucional

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Por Rómulo López Sabando

Insolente, intemperante, abusivo, arrogante, grosero y prepotente. Se creía providencial. Montó una Asamblea Constituyente. Pretendía que su presidencia durase ocho años, más otra reelección. Que el Congreso se reuniera cada cuatro años, los senadores duraran 12 y los diputados ocho. Fue reelegido. Su gobierno (e impuestos) fueron calificados de “funesto, oneroso y terrible”. Su Constitución es conocida como la “Carta de la esclavitud”.

Hoy 6 de marzo se recuerdan 162 años (1845) de la revolución marcista (no marxista) que derogó la “Carta de la esclavitud” impuesta el 15 de enero de 1843 por el venezolano Juan José Flores (1801-1864) con treinta y seis asambleístas. (Treinta y dos empleados del Estado y diez militares extranjeros). Los abusos de dineros, atropellos de militares extranjeros, su sospechosa participación en el asesinato de Antonio José de Sucre Alcalá (1795-1830) y fracasada negociación limítrofe con Perú, desencadenaron la revolución.

Los “notables” (las fuerzas vivas) de Guayaquil, liderados por José Joaquín de Olmedo Maruri (1780-1847), Vicente Ramón Roca Rodríguez (1792-1858), Diego Noboa Arteta (1789-1870), Vicente Rocafuerte Bejarano (1783 1847), Gabriel García Moreno (1821-1875), el sacerdote cuencano (Fray) Vicente Solano Vargas-Machuca (1791-1865), los militares Antonio Elizalde y Fernando Ayarza, y miles más, combatieron al caribeño-venezolano y su “Carta de la esclavitud”. Rocafuerte calificó a los asambleístas de “jenízaros”, (hijos de madres extranjeras con soldados del emperador turco). “Derrocando al pérfido tirano, volverán vuestros usurpados derechos…”. Y Olmedo, el líder, dijo “Los hombres hábiles ambicionan convencer. Los mediocres o sin talento no aspiran sino a mandar”.

Los “notables” (las fuerzas vivas) de Quito, (intelectuales, filósofos, antiguos patriotas del 10 de Agosto de 1809 y del 2 de Agosto de 1810, librepensadores y anticlericales), que postulaban “la mayor felicidad posible para el mayor número de personas”, formaron (en 1833) contra Flores, la “Sociedad El Quiteño Libre” con un periódico del mismo nombre. Su ídolo, Vicente Rocafuerte, fue desterrado. Los otros fueron asesinados.

El accionar cívico y político de los “notables” (las fuerzas vivas) de Guayaquil, Quito y Cuenca respaldados por las revueltas populares en Costa y Sierra y el manifiesto militar nacionalista, hicieron la revolución marcista, derrocaron al venezolano e instalaron en Cuenca el 6 de marzo de 1845, un gobierno provisional con Chimborazo, Pichincha, Imbabura, Carchi, Manabí.

Guayaquil inició la lucha por la “autonomía” para consolidar la nacionalidad, deteriorada por el centralismo y contra 15 años de abusos y atropellos del venezolano. Ecuador fue un nombre escogido de la línea imaginaria que divide al planeta. Irreal, postizo, engañoso, obra del venezolano-caribeño, que impidió fuéramos República de Guayaquil o República de Quito. Pero esto, ya es historia. Vivimos una realidad que debemos adecuarla al siglo XXI. Ecuador nos identifica y cobija a nuestra patria. Hay que robustecerlo.

Todas las Constituciones endiosan al Estado centralista, feudal y provinciano que origina la pobreza, concentra la riqueza y corrompe la justicia. El centralismo destruyó la “revolución marcista” (la segunda independencia) que nos liberó de los venezolanos. Y lo que vino después, como se dijo de la “primera” independencia, fue, “último día del despotismo y primero de lo mismo”. Y en la coyuntura política actual ocurre “más de lo mismo”.

Si queremos salir del marasmo, inmovilidad, desgano, miseria y emigración, que nos tiene exhaustos, en la próxima Asamblea debemos archivar el centralismo (el Estado nacional) que aún rige en pleno siglo XXI. El bienestar, riqueza, posibilidades de satisfacer necesidades básicas, son viables por la cantidad y calidad de inversión competitiva en trabajo productivo. Según The Wall Street Journal, Ecuador, ocupa la posición de pobreza 108 entre 157 países.

Debemos ir al “estado de Derecho”, bajo un esquema federal, con plenitud de las autonomías y reconocimiento dinámico de las nacionalidades, etnias y diversidades indígenas y autóctonas de la Costa, Sierra y Oriente, unidos a los que nacimos y hacemos vida en nuestro territorio, que sentimos que es nuestra patria. El hambre, la desnutrición, la pobreza, los niños que trabajan, el analfabetismo y la falta de acceso al agua son temas prioritarios que se solucionarían con las autonomías y el Estado federal.

Publicado originalmente en El Expreso de Guayaquil

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Un comentario sobre “El Independent: Esclavitud constitucional

  1. AUTONOMÍAS vs AUTONOMISTAS
    Por: Juan Sebastián Utreras-Carrera, MD
    East Brunswick, NJ USA
    Los verdaderos partidarios de la fragmentación del Ecuador, son aquellos que han venido defendiendo la causa de las autonomías bajo una óptica y conceptos totalmente diferentes al verdadero y justo concepto de autonomía.
    Empezaré diciendo brevemente que existen dos tipos de autonomías. La primera, aquella bien entendida y cuyo objetivo es darle a una específica zona geográfica más capacidad de decisión y accionar sobre lo que sucede dentro de su territorio, restando al máximo la influencia centralista. Este tipo de autonomía tiene como meta final, liberarse del centralismo pero con miras a contribuir al engrandecimiento de la patria. Un buen ejemplo de la misma, sin ser éste el único a seguir o emular, es el de las autonomías concebidas dentro de una nación federada, tal y como los Estados Unidos de América. La segunda, aquella concebida por caciques regionales, para quienes eliminar el centralismo no es la meta sino una excusa para lograr convertir a una específica zona geográfica en una especie de feudo o hacienda, y con ello además, trasladar el centralismo estatal a su territorio, y permitir que los “líderes” (léase caciques, señores feudales) se conviertan en juez y parte de lo que sucede puertas adentro y con el convencimiento de que autonomía equivale a no tener ninguna responsabilidad con el resto del país.
    Se ha utilizado el nombre del personaje histórico José Joaquín de Olmedo y Maruri para hacer de su imagen el icono que representa el ideal autonomista. Sin embargo, es muy claro para muchos de nosotros, que el peruanófilo poeta nunca abogó por la autonomía de Guayaquil y Guayas, sino que pretendió la independencia de ésta y la creación de una república. Por lo tanto, queda bastante claro, que Olmedo buscaba independencia, no autonomía, palabra que ni siquiera es usada por el prócer porteño. Hay una gran diferencia semántica entre independencia y autonomía ¿cierto?
    Ahora, para quienes leemos entre líneas, sabemos que en realidad, cuando las autodenominadas “fuerzas vivas” conformadas mayormente por la rancia aristocracia guayaquileña y los grupos de poder económico y político ligados a apellidos de alcurnia o abolengo, enarbolan la bandera de la autonomía, lo que verdaderamente buscan es conseguir que se imponga la “autonomía a la Olmedo ” , la cual ha sido maquillada con un discurso “light” y se la ha usado para conseguir el apoyo de otras regiones y provincias, apelando a los sentimientos de desatención, olvido, negligencia, por parte de un modelo de estado centralista, sumando así “fuerza” para la causa guayaquileña. Las “fuerzas vivas” de Guayaquil, se han apoderado de la bandera de las autonomías, pero la han convertido en una palabra de uso exclusivo de quienes la conciben a su particular manera y de todos aquellos que se sumen a su causa, para de este modo hacer mas bulto.
    Las mismas “fuerzas vivas” se han encargado de satanizar el término centralismo y de asociarlo de manera proterva a un odio a todo lo que viene de Quito por ser esta ciudad la cede del gobierno y la CAPITAL del Ecuador.
    Es craso y evidente el regionalismo que emanan “las fuerzas vivas” de Guayaquil. Lo peor que puede pasarle a un país es el regionalismo, y una “autonomía a la Olmedo ”, precisamente ahonda en el tema.
    Hemos visto, por ejemplo, como algunos de esos “distinguidos” propulsores de la autonomía “a la Olmedo” son declaradamente regionalistas y odian a Quito, profiriendo insultos, destruyendo los rótulos de calles que llevan el nombre Quito o Pichincha, incitando a la piromanía para destruir la capital, y marchando en las calles de Guayaquil en apoyo de banqueros corruptos que fueron encontrados culpables por delitos de peculado por el “centralismo”.
    Estos, aunque insignificantes hechos, permiten entrever, que la intención detrás de la lucha por la autonomía de la provincia del Guayas, no obedece a un interés nacional, sino a los intereses económicos y mezquinos de los grupos de poder asentados en tal lugar.
    Ha quedado en evidencia, que a un gran número de los “próceres” que conforma “las fuerzas vivas” o la Junta Cívica , realmente les tiene sin cuidado el resto del Ecuador. Lo que realmente importa, es no tener que rendirle cuentas al país, como por ejemplo evitando al erario nacional, lo cual han sabido hacerlo bastante bien independientemente del estado de autonomía, pero eso si, seguir beneficiándose de los ingresos petroleros, bajo la figura de que se demanda lo que el estado “le adeuda” “le debe” por ley y derecho, so pena de convocar unas “fuerzas vivas” cuya amenaza “de manera educada” implica consecuencias inimaginables para el gobierno central de turno.
    La provincialización de Santa Elena no es lo mas apropiado ni representa la solución a sus problemas, esa provincialización fomenta mas la atomización de la patria, sin embargo, la desatención a las necesidades de estos cantones peninsulares por parte de la prefectura del Guayas, el olvido, la poca obra pública e inversión por parte del centralismo guayaquileño, han conseguido, que los habitantes de dichos cantones utilicen y se valgan de los mismos argumentos esgrimidos por las “fuerzas vivas” y la Junta Cívica.
    En otras palabras, a los “paladines” de la autonomía, les han hecho probar una cucharada de su propia medicina, pues los peninsulares se han valido del mismo discursito ofensivo, regionalista, en contra del centralismo y han sabido acomodar el concepto de “autonomía a la Olmedo ” a sus propios intereses, sean estos, justos o no, generales o particulares.
    No entiendo ¿por qué, autonomía, es una palabra que solo puede ser utilizada por “las fuerzas vivas de Guayaquil” y no por otras fuerzas vivas de otros lares?, es que acaso ¿Nadie más entiende lo que es una autonomía?
    Si la verdadera intención detrás del reclamo por autonomía fuese diáfana, desinteresada, en aras del bien nacional y regional simultáneamente, no debería porque ofender, irritar, a quien la propone, si alguien mas se hace eco de la misma y busca aplicarla para su territorio.
    El territorialismo es una forma de centralismo.
    Lamentablemente, es evidente, que lo que se buscaba en Guayaquil es el engrandecimiento de su “hacienda” y no el de la nación. Sino, ¿qué diferencia hay entre lo que reclaman los peninsulares al centralista gobierno de la provincia del Guayas y lo que los guayaquileños y algunos otros “guayasenses” reclaman al gobierno central de turno? ¿No resulta contradictoria la actitud de “las fuerzas vivas”? Quienes en mi opinión si son PARTIDARIOS DE LA FRAGMENTACION DEL PAIS.
    Como ecuatoriano, creo que la idea de las autonomías, planteada de la manera en que lo han venido haciendo los “próceres” porteños, es simplemente un paso mas hacia la balcanización de este lindo país, una contribución al regionalismo y resentimiento. La provincialización de Santa Elena es otro ejemplo mas de lo mismo, pero ha servido para develar las verdaderas intenciones de las “fuerzas vivas” así como para ayudar a que -ojalá- ecuatorianos viviendo en el Guayas abran los ojos, sobre lo que el resto de ecuatorianos viviendo en cualquier otro lugar (no necesitamos vivir en Guayaquil o Quito u otra ciudad para poder entender) vemos, sentimos y pensamos, cuando se habla del “quiteñocentrismo” o se proponen ideas de “autonomías a la Olmedo ”. Los que otrora fueron autonomistas, ahora son tildados de centralistas por sus coterráneos. ¿Qué se siente?
    ¡Qué pena que se quiera ver al Ecuador divido!

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