Ecuador, camino al despotismo

Por Franklin López Buenaño* – AIPE

Una de las constantes del presidente Rafael Correa del Ecuador es su continua confrontación con los que él tilda de pelucones, con la prensa o con Jaime Nebot, el alcalde de Guayaquil. Estas confrontaciones de Correa no son simples manifestaciones de un estilo o de su personalidad, más bien parecen formar parte de una estrategia para desviar la atención, mantener ocupados a los comentaristas de oposición y así evitar el debate sobre su “proyecto político”, plasmado en su propuesta de una constitución. De esa manera busca que su socialismo del siglo XXI, lleno de eslóganes patrioteros, llegue a la Asamblea sin haber pasado por un amplio debate y, por ello, con mayores probabilidades de lograr sus objetivos personales.

Y es que el problema fundamental no es la personalidad de Correa. Sin negar que su clara manipulación de las instituciones, su maniqueísmo y sus tendencias al autoritarismo agraven la imagen del socialismo del siglo XXI, hay que hacer hincapié en que el verdadero mal está en el “proyecto político” de Correa, de sus allegados y corifeos. Es más, Correa no es un fenómeno aislado, es el resultado de un proceso histórico que inexorablemente termina en regímenes liderados por personas con perfil psicológico como el suyo.

El proceso se inicia con el avance de las ideas socialistas. Ser “socialista” o “de izquierda” en América Latina parece ser una etiqueta a lucirse con honor. No importa que el socialismo en su versión más radical haya sido causa de más de cerca de 100 millones de muertos, según “El libro negro del comunismo”. No importa que gobiernos autodenominados de izquierda hayan sufrido fracaso tras fracaso y algunos estrepitosos. No importa que el Movimiento Popular Democrático (MPD), el partido comunista del Ecuador, controle el sistema de educación pública del país y como consecuencia la educación sea deplorable. No importa que el sistema de seguridad social no llegue sino a un 20 por ciento de la población, además de ofrecer pensiones de miseria y cuidados médicos desastrosos. No importa que las empresas públicas como Petroecuador, las telefónicas, o las eléctricas sean antros de corrupción, de ineficiencia, de desperdicio y despilfarro de miles de millones de dólares. Nada de esto importa porque a la izquierda no se le “pega nada”, es como si estuviera recubierta por una capa de teflón.

La premisa que caracteriza a la izquierda es la redistribución de la riqueza o del ingreso. Esta propuesta implica que hay que “quitar a unos para dar a otros”, pero—por muy buenas las intenciones que estén detrás—es aquí dónde germinan los fracasos del socialismo. Sin embargo, es una propuesta que virtualmente hipnotiza a la mayoría de los ecuatorianos.

Se ignora que para llevar a cabo la “redistribución” hay que utilizar el poder del gobierno. Pero el poder es como un imán; es un atractivo semejante al dinero, al sexo o a la glotonería. Hay cierto tipo de personas—a las que se podría llamar megalófilos—que lo buscan afanosamente. El perfil psicológico de estos individuos puede ser nocivamente marginal como el de los narcisistas o extremado como el de los megalómanos. Correa merece ser clasificado entre estos últimos, es maniqueísta (el que no está conmigo está contra mí), dogmático (la verdad es mi verdad) o sabelotodos (tengo un PhD). Es curioso que los megalómanos también tengan personalidades muy carismáticas, son grandilocuentes (dan discursos de horas y horas de duración), logran mimetizarse con el público, dicen lo que quienes les escuchan quieren oír y mueven a las masas. Fidel Castro, Hugo Chávez, Hitler, entre otros, exhiben este tipo de personalidad.

La búsqueda de la redistribución desemboca irremediablemente en medidas cada vez más coercitivas y para implementarlas requiere de personalidades y personajes atraídos por el poder. Es por ello que en países como Venezuela y Ecuador hayan aparecido Chávez y Correa. Ellos no son un fenómeno aislado, son producto de un proceso, proceso nacido de la mala identificación de las causas de los problemas y de las malas políticas adoptadas. Y esta es la trampa del socialismo o de la izquierda en la que han caído y caen personas de buena voluntad y cordura. Cuando Correa fracase, porque su fracaso es inevitable, ¿habremos sido capaces de aprender para no volver a caer en la misma trampa?

*(Franklin López Buenaño es Profesor de Economía de la Universidad San Francisco de Quito y de Tulane University, Nueva Orléans.)

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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