Honorable se nace, no se hace

¿Qué se sentirá no tener honor, aunque la ley diga lo contrario? Seguramente las horas del día son insoportablemente dolorosas para quien se ve devorado lentamente por la angustia y el pánico de tener que enfrentarse al espejo y constatar, día tras día, que es un ser insignificante, cuyo propósito en la vida es ver la paja en el ojo ajeno y jamás ver la viga en el propio. Y hablando de paja, ¿será inmune también a su conciencia quien tiene, sin lugar a dudas, un gigantesco rabo de paja?
¿Qué se sentirá terminar con carreras, destrozar vidas bien llevadas y casi matar a un hombre honesto para callar las voces de su conciencia con mentiras y dechados de ignorancia propia de quien sus limitaciones le impidieron jurar la bandera? Una entrevista de 5 minutos, un careo en la radio, un poco honroso favor popular o un “heroico” robo de información confidencial del Estado, aunque tuvieran diez, cien, mil vidas, intrascendentes y desesperantes como la que hoy tienen, no alcanzarán para llegar a los talones de quienes ha querido destruir escudado en una inmunidad que es, al fin y al cabo, lo único que tiene. Quienes ha injuriado, tienen su integridad espiritual y les resbala. Quienes ha destruido, tienen su conciencia tranquila. Quienes ha vilipendiado tienen su moral intacta. ¿Qué se siente, señor, el no tener integridad, estatura moral ni conciencia tranquila?
Estoy convencido que quien apacigua su conciencia negra, insufrible, pesada y omnipresente destruyendo lo que otros han creado, quien es peón de quienes han saqueado, quien se regocija acabando con la honestidad, quien ha hecho del lamento, del chillido, de la boca grande y mentirosa una forma de vida y de subsistencia y quien a diario desgasta y entierra sistemáticamente el honorable epíteto que la ley le confiere, lo hace por lo minúsculo de su existencia y por una necesidad irresistible, imperiosa, determinante de ser visto, de ser oído, de convencerse a sí mismo de que uno no es tan mediocre y diminuto como a diario lo confirma el espejo.
¿Cómo será constatar todos los días que se es menos que los demás (que todos los demás)? ¿Qué se sentirá tener que destruir para sentirse un poco más humano? ¿Qué se sentirá el abusar del poder para darle sentido a una vida insignificante? ¿Cómo dolerá el pavor de verse al espejo y toparse cara a cara con un rufián envejecido, intrascendente, sin logros, sin moral, sin respeto y sin sentido?
¿Qué se siente, “honorable”?

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