El tormento de Sisifo de nuestros paises

Sisifo, por un agravio a los dioses griegos, se vió condenado a arrastrar una roca hacia la cima de una montaña para que ésta simplemente volviera al fondo al dia siguiente. Igual o peor por ser autoimpuesta e innecesaria es la carga que nos ponemos al mistificar (atribuirle cualidades sobrehumanas) al Estado. Eso sólo lleva a encaminar mal nuestros esfuerzos como sociedades y ver caerse, luego de un cierto tiempo, todo lo construido. Comparto con ustedes mi último artículo para El Periódico, de Quito: <br />
<!–<br />
/* Font Definitions */<br />
@font-face<br />
{font-family:"Cambria Math";<br />
panose-1:2 4 5 3 5 4 6 3 2 4;<br />
mso-font-charset:0;<br />
mso-generic-font-family:roman;<br />
mso-font-pitch:variable;<br />
mso-font-signature:-1610611985 1107304683 0 0 159 0;}<br />
@font-face<br />
{font-family:Calibri;<br />
panose-1:2 15 5 2 2 2 4 3 2 4;<br />
mso-font-charset:0;<br />
mso-generic-font-family:swiss;<br />
mso-font-pitch:variable;<br />
mso-font-signature:-1610611985 1073750139 0 0 159 0;}<br />
/* Style Definitions */<br />
p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal<br />
{mso-style-unhide:no;<br />
mso-style-qformat:yes;<br />
mso-style-parent:"";<br />
margin-top:0cm;<br />
margin-right:0cm;<br />
margin-bottom:10.0pt;<br />
margin-left:0cm;<br />
line-height:115%;<br />
mso-pagination:widow-orphan;<br />
font-size:11.0pt;<br />
font-family:"Calibri","sans-serif";<br />
mso-ascii-font-family:Calibri;<br />
mso-ascii-theme-font:minor-latin;<br />
mso-fareast-font-family:Calibri;<br />
mso-fareast-theme-font:minor-latin;<br />
mso-hansi-font-family:Calibri;<br />
mso-hansi-theme-font:minor-latin;<br />
mso-bidi-font-family:"Times New Roman";<br />
mso-bidi-theme-font:minor-bidi;<br />
mso-fareast-language:EN-US;}<br />
.MsoChpDefault<br />
{mso-style-type:export-only;<br />
mso-default-props:yes;<br />
mso-ascii-font-family:Calibri;<br />
mso-ascii-theme-font:minor-latin;<br />
mso-fareast-font-family:Calibri;<br />
mso-fareast-theme-font:minor-latin;<br />
mso-hansi-font-family:Calibri;<br />
mso-hansi-theme-font:minor-latin;<br />
mso-bidi-font-family:"Times New Roman";<br />
mso-bidi-theme-font:minor-bidi;<br />
mso-fareast-language:EN-US;}<br />
.MsoPapDefault<br />
{mso-style-type:export-only;<br />
margin-bottom:10.0pt;<br />
line-height:115%;}<br />
@page Section1<br />
{size:612.0pt 792.0pt;<br />
margin:72.0pt 72.0pt 72.0pt 72.0pt;<br />
mso-header-margin:36.0pt;<br />
mso-footer-margin:36.0pt;<br />
mso-paper-source:0;}<br />
div.Section1<br />
{page:Section1;}<br />
–><br />

El mito de lo público como “estatal” nos mantiene estancados

Uno de las
ideas más persistentes que nos quedaron como legado del políticamente
desastroso siglo XX, es aquella de que el Estado representa el bien común
mientras que lo privado, particular o en general la sociedad civil, es el reino
de la mezquindad. Pero eso no resiste ningún análisis teórico o histórico.

En primer
lugar, el Estado es todo menos el reino del desinterés. Grandes fortunas se
hacen lícita o ilícitamente en su interior. Clubes de oficiales, viáticos
generosos, cajas de ahorro exclusivas, aranceles bajos excepcionales, beneficios
sindicales y otros son usuales, a costilla del ciudadano común y muy
convenientemente fuera de acceso para él. En el Ecuador por ejemplo, el salario
promedio en el Estado es de 800 usd, mientras que en el sector privado es de
300 usd sin hacer ningún cálculo del costo adicional de la ineficiencia,
inevitablemente inherente ésta última a un aparato que no se somete a
competencia. Es decir que lo que usted obtiene del Estado en cuanto a servicios
le cuesta el doble y un poco más que si lo obtuviera del sector privado. Y
además, se calcula que alrededor de 30% del presupuesto estatal se “fuga” en
corrupción.

Mucho se ha
dicho de las fallas del mercado, pero en 1996 James Buchanan gana el Premio
Nobel sintetizando lo que el liberalismo siempre ha dicho: el Estado tiene entonces
también sus fallas y son muchísimo peores. Una cosa es equivocarse con dinero
propio que con dinero ajeno. Una cosa es asignar contratos a los amigos a costa
de la ineficiencia de una empresa propia, que hacerlo en una “empresa” estatal.
Lo mismo puede decirse de adquirir deuda, de malgastar y de ser cortoplacista.
Todo eso puede pasar y es humano, pero cuando se trata de lo estatal afecta a
mucha más gente, con dinero ajeno y por lo mismo, hay que ser un héroe o beato
para escapar a todos los malos incentivos inherentes al Estado. Y es que el
Estado, representa la encarnación del refrán español: “lo que es del común, es
del ningún”. No es que no haya gente muy valiosa en el Estado, que la hay. El
problema es que está generalmente donde menos puede desplegar su talento, porque
organizacionalmente tiene demasiado en contra.  Y finalmente vale siempre recordar que en el
sector privado, para generar o mantener fortunas materiales, es imprescindible
poner al servicio del público  bienes y
servicios de mejor calidad y precio cuanta más competencia exista. Es decir, lo
genuinamente público por tratarse de intercambios voluntarios y no de coerción estatal
mistificada como “bien común” o “grandeza de la patria”.

La
propuesta de constitución 2008 contiene 20 menciones al Estado como gestor,
rector o al menos supervisor de nuestras actividades. Tanta fe se le tiene que
parecería que lo manejan ángeles y no seres humanos que tienen que lidiar con
desincentivos, culturas organizacionales, presupuestos asignados políticamente
y no técnicamente, etc. Es hora de darle un segundo vistazo a esta idea, si queremos
algún día un cambio real y no un simple reencauche del paternalismo.

Hacia la sociedad de propietarios y no de proletarios, parte I

José Carlos Rodriguez, desde Madrid, nos cuenta sobre la medida (auténticamente progresista, es decir, libertaria) de Lula da Silva en Brasil para incorporar de súbito a cientos de miles de habitantes de las favelas a la sociedad con pleno derecho. Con derecho de propiedad reconocido, sobre lo que es suyo por derecho. Ciertamente muchos de los asentamientos fueron invasiones -ojalá contra propiedad estatal- y por eso la clase política tarda en reconocer lo que el derecho hace con el paso del tiempo: la propiedad de facto debe convertirse en propiedad reconocida de jure.

Ghersi y su Instituto Libertad y Democracia de Perú calculan que un porcentaje mayoritario de nuestra vida económica se hace informalmente, si bien sin la mirada vigilante, tramitadora, tributadora, entorpecedora del Estado, también al margen de protección contra estafas, robos o simplemente generándose riqueza de forma muy tosca. Lo que caracteriza a una economía avanzada, es el grado de sofisticación de sus instrumentos de propiedad. Una bolsa de valores en la cual participen activamente cientos y miles de empresas locales, títulos de propiedad, deuda, financiamiento, etc. que permitan un mejor flujo de recursos hacia donde son requeridos (en lugar y tiempo) para crear valor (ergo riqueza socialmente disponible), cuya señal es la ganancia. Las áreas de la economía donde más rentabilidad hay frente a un riesgo similar, son aquellas donde más valor agregado hace falta (diferencia entre costos y precios, es decir, entre lo creado y los elementos para crearlo). Sin el rol elemental de un gobierno que es la protección de persona y propiedad (los frutos de su esfuerzo) permitiendo esa seguridad jurídica y sofisticación de la economía, no hay posibilidad de mejorar la división del trabajo, del conocimiento (por eso fugan los profesionales, falta de inversiones locales y foráneas que requieran…profesionalización de las actividades) y que así finalmente, grandes capas de la sociedad avancen. La propiedad es la clave de la civilización, pues permite ascender satisfaciendo necesidades la escala de Maslow, desde las biológicas (alimento, cobijo, seguridad) hacia las más propiamente humanas: lo que Aristóteles llamaba los bienes de orden superior: arte, ciencia, espiritualidad y recreación.

Postdata: A los miembros del combativo Foro de Sao Paulo, alguien debería contarles lo que José Carlos dice tan claramente: hay otro camino, otro sendero. Es cierto, otro mundo es posible, pero uno distinto al del estatismo privilegiante que destruye un establishment sólo para crear otro: el del capitalismo popular, la economía competitiva e incluyente y ante todo nuestra inserción sin peros ni pares en la globalización.

Los problemas del centralismo nacional-estatista

La clase política aprovecha el
Estado-Nación para generar una serie de instituciones que les permitan no sólo
manipular a las grandes mayorías, sino también saquearles sistemáticamente.

a) La
banca central, bajo el guiso de “tener una moneda propia”, permite inflar la
cantidad de dinero para beneficiar a exportadores –via tipo de cambio,
banqueros –via una relación desmejorada del tomador de créditos, y los mejor
conectados en general, a costa de grandes masas de gente que ven reducir su
poder adquisitivo salarial y sus ahorros para la vejez. En vez de oro, plata o
dinero respaldado en ellos mediante contratos de convertibilidad directa, nos
entregan papeles con rostros de militares y políticos muertos. Esto perjudica a
los menos conectados, y cuando ocurre drásticamente, genera migración del campo
a la ciudad (centro de redistribución política), generándose bolsones de
pobreza pues es imposible asimilar ritmos tan rápidos de movimientos
poblacionales. El caso local y concreto son los Guasmos en Guayaquil, o las
Favelas o Villas Miseria en Brasil y Argentina respectivamente.

b) Los
impuestos nacionales, que van a un fondo común, dejan de responder a usos
locales –en el mejor de los casos- y sirven junto con la inflación, para
financiar el aparato de propaganda estatal, las guerras o una simple
confiscación parcial de una buena parte del año productivo de cada persona, que
antes hubiese sido calificada como servidumbre[i]. Lo
que los intelectuales y comunicadores de la corte hacen es convencernos de que
en un sistema democrático, “nos lo hacemos a nosotros mismos”, por tanto no hay
saqueo alguno, si no redistribución de la riqueza. Ya que una parte del ser
humano es generosa y otra parte prefiere delegar que hacer, los impuestos bajo
la máscara de “solidaridad” han hecho que se cumpla el viejo adagio de que quien parte y reparte, se queda con la mejor
parte
. Es ínfimo el porcentaje de los impuestos nacionales que llegan a los
beneficiarios declarados. Y adicionalmente, cabe preguntarse si la clientela
política resultante (“beneficiaria”) es gente a la que se quiere ayudar a salir
de la pobreza, o a la que se quiere mantener en situación de dependencia para
que apoye al partido gobernante en la próxima elección o simplemente para que
el jefe de Estado pase a los anales de la historia por su magnanimidad con
dinero ajeno. 

c) El
proteccionismo por su parte, encuentra justificación propagandística en
“defender la industria y el empleo nacional”. Es un slogan muy útil, que
distrae al público del hecho de que si importara de otros lares lo que le
obligan a comprar del oligopolista o monopolista local, obtendría tanto el bien
A como el bien B, que pudo importar o comprar localmente. En ambos casos, tanto
el comercio como la producción del bien B generan empleos iguales o más
numerosos que el engañoso proteccionismo. Este sistema equivale simplemente al
proverbial caso del zorro cuidando del gallinero. En el Ecuador se llegó al
absurdo de prohibir de facto la importación de automóviles en el gobierno de
1984-1988. Lo triste es en este caso la línea de intelectuales de la corte
desde Lizt en el s.XIX hasta Chang en nuestros días que pretenden vestir con un
manto de nacionalismo progresista, dicha protección a un puñado de ricos a
costa de millones de familias que pierden la oportunidad de una calidad de vida
mejor.

d) Los
commanding heights o “áreas estratégicas”. Lenin se dirigió por última vez al
Comité de Comisarios del Pueblo para enfrentar las críticas a

la N.P

.E. diciendoles a sus
camaradas que “mientras tengamos los altos de control de la economía, las
grandes industrias y recursos, el socialismo no estaría en riesgo”[ii]. Los
analistas liberales más brillantes de nuestro continente como lo son Enrique
Ghersi y Guillermo Yeats, han destacado que la propiedad del subsuelo en manos
del Estado-Nación ha generado círculos viciosos de exclusión, corrupción y fortunas
mal habidas. El Banco Mundial
recientemente publicó un estudio[iii]
sobre el mismo fenómeno: los regímenes autoritarios y represivos de los
derechos individuales, se ven potenciados y fortalecidos cuando sube el precio
mundial de los bienes administrados por el Estado. Yerran los analistas que
consideran neoliberales o capitalistas las economías latinoamericanas, cuando
las áreas estratégicas (término guerrerista, dicho sea de paso) son propiedad
del Estado en la mayoría de ellos. Los Estados, al contar con una fuente de
ingresos independiente de impuestos o mejor aún, tasas, pueden salirse con la
suya en una serie de atropellos a la razón y la justicia, siendo el caso más
representativo en los albores de siglo XXI

la Venezuela

de nuestra
región, superando con creces a los regímenes represivos de Medio Oriente en su
alcance.

e) La
inflación legal que genera el Estado-Nación es abrumadora para cualquier
pretensión de vivir bajo un imperio de la ley y no de los políticos. El fijarse
no en la justicia o precedente de una ley –iusnaturalismo o consuetudinarismo– si no en el mero procedimiento,
como propuso Kelsen, llevó a la corrupción del derecho y a daños sociales
incalculables en Occidente. La receta kelseniana permite perfectamente atropellos
como los de Lincoln y Hitler, pues basta con que se siga el procedimiento
estatalmente asignado al Estado, y tenemos una legislación con total
legitimidad democrática.  Qué distinto
del common law, que se sometía al sentido común de juez y los presentes, o el
iusnaturalismo, que medía una ley o contrato contra estrictas formas de respeto
al individuo. En el Ecuador, se calcula
que hay más de 70.000 cuerpos legales activos. 60% han sido emanados desde el
Poder Ejecutivo, en forma de acuerdos (mandatos) ministeriales, decretos-ley y
similares. Pero peor que la existencia de un cuerpo de legislación inflado e
inevitablemente por tanto, contradictorio, es la aplicación arbitraria de la
legislación por parte de funcionarios de baja categoría, en instancias
cotidianas, dañándose profundamente la posibilidad de pensar y actuar a largo
plazo. Esto afecta no sólo la producción y el ahorro, si no el carácter
cultural mismo de una sociedad.

f) La
educación masificada. Los Estados-Nación requieren de ciudadanos obedientes de
cada ley o decreto que emerjan de su aparato. Jurar amor a una bandera, entonar
un himno, usar billetes nacionales, son apenas pequeños indicativos de lo que
representa el Estado-educador. Desde sus inicios, la educación estatal ha sido
mucho más una herramienta de adoctrinamiento y adormecimiento, germen del
hombre-masa, que de formación de individuos productivos y auténticamente
solidarios. Baste el dato de que Inglaterra llegó hasta el 95% de alfabetismo
funcional hasta los 1820’s en que el Estado empezó a “ayudar”, y ahora el
analfabetismo funcional bordea el 20% en ese mismo país[iv].
Pero se le incluye bajo el apartado de “expoliación” pues educarse y hacerlo
bien entre los 5-16 años de educarse, no vuelve más en la vida de una persona,
y es un costo de oportunidad, un robo mayor.

g) La
torpeza administrativa, pues los intelectuales de la corte nos han convencido
de que obtenemos “servicios” del Estado, y no contraprestaciones por impuestos,
y además la propia maquinaria estatal no responde al sistema de precios lo cual
como nos enseñó el mejor economista de la historia, Ludwig von Mises, aisla al
productor u ofertante, del consumidor o beneficiario, impidiendo la asignación
inteligente de recursos, la creación de valor agregado y otros defectos que la
ausencia de competencia evidencian en nuestros países. Las largas filas, el
maltrato al usuario y la deplorable situación de las instalaciones son
testimonio inequívoco del fenómeno.

(Parte del capítulo "Decentralización Profunda" para Políticas Liberales Exitosas 2)


[i] Los siervos de la gleba,
en el medioevo, pagaban al señor feudal por “protección” un 20-30% de sus
cosechas. ¿Cuánto toleramos ahora y por qué no nos sentimos siervos de nadie?
He ahí la ilusión democrática que crea el Estado-Nación.

[ii] Documentado en el libro
ganador del Pulitzer “Commanding Heights”, de Daniel Yergin.

[iii] El caso venezolano, se
encuentra en:  www.people.hbs.edu/rditella/papers/WPVenFeb16.pdf

[iv] Vease “Education without the State”, James
Tooley, IEA, Londres