Autonomía al andar

Por Rómulo López Sabando

“La patria vuelve”, dijo Rafael Correa. Pero la patria se disuelve. El esqueleto de la patria (su estructura en provincias) tiene cáncer. Hace metástasis. La culpa (presente y remota), es del “centralismo”, (manejo económico de la Colonia). No devuelve los dineros del pueblo. No rinde cuentas. La Contraloría nunca ha auditado ingresos, egresos, montos, saldos, flujos, disponibilidades de la “Cuenta Única del Tesoro Nacional”.

El país no conoce quiénes son, fueron y manejan, cuánto ganan ni cuáles son “sus” gastos. Cabe la parodia: “La patria se desmorona y el presupuesto falsea. No hay amor que dure mucho por más ardiente que sea…”. Todos litigan por sus límites, territorios, riquezas y capacidad de trabajo. Los pobres huyen, emigran…

“Graves disturbios” por la Concordia. Las oficinas del Consejo Provincial de Esmeraldas fueron saqueadas, los muebles quemados. La Policía utilizó bombas lacrimógenas para evitar más desmanes. Quemaron llantas. Complicaron el tránsito. El país se desintegra y, el “estado social de Derecho”, se enreda en dimes y diretes. Entre Sierra y Costa (Pichincha y Esmeraldas), la Concordia es la “manzana de la discordia”. Todo lo contrario a la armonía y la paz. Según el Diccionario, concordia significa acuerdo, conformidad y armonía entre las cosas o las personas. Pacto o convenio entre litigantes que llegan a la concordia después de largos conflictos. También significa paz, reconciliación, consenso, amistad, reciprocidad, unión, avenencia, cordialidad, mediación. Entre hermanos ha de existir concordia. Pero, nada de esto se vive en “La Concordia” que, al igual que en todo el Ecuador, trasunta división, riña, discordia, contienda, desacuerdo, desavenencia, discusión, disputa, divergencias.

Gustavo Baroja, prefecto de Pichincha, dijo: La Concordia es parte de la provincia de Pichincha, que defenderá su territorio y su derecho a definir su propio destino. No aceptaremos la presión de quienes defienden sus cacicazgos para medrar de la inequidad”. Lucía Sosa, prefecta de Esmeraldas, rechaza la consulta que decida a cuál provincia pertenecer. No se oponen a su provincialización, pero “nunca con los territorios de Esmeraldas”.

Las fuerzas vivas de Esmeraldas, (gremios, profesionales, barrios, campesinos), impedirán que La Concordia sea anexada a Pichincha o a Santo Domingo. Discrepan con Rafael Correa, quien propuso una consulta popular para que los pobladores decidan a qué jurisdicción quieren pertenecer. Irritados, quienes escuchaban al Presidente, amenazaron “Con Esmeraldas no se juega”. “Machete y escopeta. A Esmeraldas se respeta”.

Ante esto, Ernesto Estupiñán, alcalde de Esmeraldas, dijo que Correa, tranquilizando los ánimos de la población, (movilizada para apoyar la Constituyente), les confirmó en Quinindé que La Concordia es de Esmeraldas y será un cantón de esa provincia.
Pero Gustavo Larrea, ministro de Gobierno, dijo: “No existe decisión sobre el conflicto.
“Decir que La Concordia es de Esmeraldas constituye una opinión respetable de las autoridades seccionales de esa provincia, porque hay otras opiniones. Que el Congreso resuelva”. Wilma Andrade, diputada por Pichincha, enfatizó que “La Concordia no se incluirá en la agenda de la Asamblea”.

Homero López, diputado por Esmeraldas, dijo “La Concordia tiene muchas necesidades, pero no puede acudir a ningún gobierno local, porque no pertenece a ninguna jurisdicción”. “Nadie hace obras ni atiende nuestros pedidos” claman. Sus riquezas no regresan al pueblo. Se pierden en la Cuenta Única. Por ello, como dijo Rafael Correa, (quien no cree en la provincialización), la solución es la autonomía.

Pero, Correa está enredado con la Constituyente, dijo Auki Tituaña (Alcalde de Cotacachi). No tiene voluntad para la descentralización ni las autonomías. El juego político lo absorbe y carece de experiencia en la vida política para ejercer este cargo.

Entonces, la tesis de Jaime Nebot de hacer “autonomía al andar” es inminente. Pero, sin caer en la trampa de pedirle permiso a la poderosa burocracia centralista, que hace mucho daño a Quito, Pichincha, Guayas, el austro, la Costa, la Sierra, el Oriente, las Galápagos y a todo el Ecuador. Los pueblos exigen condiciones mínimas para vivir. Pero el centralista e ingobernable “estado social de Derecho” no se las otorga. E impide, además, que los gobiernos provincial y municipal cumplan con sus mandantes. Y aunque la Ley no ha sido expedida, varios municipios la practican. Y Azuay va por la federación (estado federal de Derecho).

Publicado en Originalmente en Diario Expreso

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“Guayaquileños..”

Verdades evidentes
Rómulo López Sabando

Uno de mis hijos me preguntó, si había yo remado en el estero Salado. Le respondí que, a mediados de la década del 50, cuando estudiaba en el Vicente Rocafuerte, si algún profesor no llegaba a clases, era común irnos a remar y a nadar en el “estero Salado”. Nuestros abuelos se hacían tratamientos curativos, de siete días, con refrescantes baños en sus medicinales aguas “salobres” (más salada que dulce).

Es el más grande sistema de manglares del Pacífico Sur. Con las partes bajas de los ríos Daule y Babahoyo, (más dulces que salados) integra la red de drenajes del ecosistema denominado estuario interior del Golfo de Guayaquil.

Pero a mediados del 60 las invasiones habían contaminado al Salado. Su espejo de agua estaba oscuro, pestilente, lleno de basura, heces, animales muertos. Era el basurero de la gente que invadía Guayaquil.

El estero Salado, conocido en el sur de Guayaquil, como estero Cobina, se une al río Guayas por medio de un canal provisto de esclusas. Para nuestros padres y en nuestros años infantiles, era grato pescar en “las esclusas”, que también fue invadida, poblada y contaminada por petróleo y abundantes aguas negras descendentes de las poblaciones ribereñas de los ríos Daule y Babahoyo. A principios de la década del 60, las jaibas y cangrejos, habían desaparecido en la “zona de las esclusas”.

En “Puerto Lisa” se comía “lisa asada” con bolón de verde y tinto. Fue un ramal del estero Salado, donde canoas y pequeñas naves descargaban lisas, camarones, cangrejos, pescados, conchas, ostiones capturados en el golfo y sus islas. También traían carbón (madera quemada) para cocinar y pilotes de mangle para clavarlos en la construcción de casas de dos pisos.

Cuando yo iniciaba mi actividad industrial, (1969) el ingeniero Guillermo Castillo Viteri, me pronosticó que en los siguientes 50 años, en la vía a Daule (en esa época, la más importante zona industrial del país), no habría canalización, alcantarillado ni tratamiento de aguas negras y residuales, ni para aguas lluvias. Y no se equivocó.

Los “riachuelos de Mapasingue”, no fueron tales, sino lo que se conocía como “el canal de la muerte”. No pocos habitantes de las zonas invadidas del norte de la ciudad murieron por la correntada. No eran brazos del estero ni de los tantos afluentes que bañaban a Guayaquil, sino descargas de las aguas lluvias y aguas servidas resultantes de las invasiones y de la zona industrial a lo largo de la vía a Daule.

Las ciruelas las cogíamos en el cerro de San Pedro, en lo que hoy es “la ciudadela ferroviaria” (por el ferrocarril Guayaquil-Salinas que desapareció en 1949). El padre Pepe Gómez hizo en ella “su parroquia” para construir una capilla de oración. Su ataúd está montado sobre rocas de las canteras que destruyeron al cerro de San Pedro.

Nos entusiasmaba ir de cacería en los cerros aledaños de Guayaquil. Pero los explotadores de canteras los convirtieron en cascajo para rellenar los brazos de mar en los denominados “suburbios” y atender la demanda para negocios de capitostes criollos, populistas, invasores y políticos “revolucionarios” que depredaron, e hicieron botín político de las haciendas Mapasingue, Atarazana, el Guasmo y otras usurpadas por la demagogia.

La primera vía de penetración al suburbio oeste fue la calle Gómez Rendón. De día se rellenaba y de noche los pobladores trasladaban el cascajo hacia el interior de sus endebles viviendas de cañas levantadas sobre los manglares, fango, agua, pantanos y salitrales.

Nos encantaba hacer picnic en “la planchada”, los cerros el Carmen y Santa Ana y fotografiar los enormes reservorios de agua.

El río Guayas lo cruzábamos en las “gabarras”, (en carro, buses o a pie), pues el puente sobre los ríos Daule y Babahoyo, que se inauguró en 1969, terminó con ellas. En los carnavales íbamos hacia Durán, para subirnos al techo de un vagón del ferrocarril hasta Bucay, a comer “seco de chivo” (que decían era “seco de perro”). Fue el Guayaquil de los años 50 y 60. Para los guayaquileños que nacieron a mediados del 60, todas esas “maravillas” habían desaparecido. No las conocieron.

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Ecuador: Estado federal de derecho

Por Rómulo López Sabando
El Expreso de Guayaquil

El esqueleto de la patria, (la división territorial), tiene cáncer y hace metástasis. Ecuador colapsa por el “centralismo burocrático”, (propietario del presupuesto del Estado), que “conquista” (somete) al Congreso, al Ejecutivo y a la justicia. El “centralismo” se aprovecha y lucra del régimen de provincias, cantones y parroquias. ¿Cuál es su justificación económica, social y humana?

La “Provenza” identificaba a los territorios conquistados. La división en provincias, cantones y parroquias, copiada del imperialismo romano, fue impuesta, en la Colonia, por los “encomenderos”. Somos “provincianos” que, según el diccionario, significa mamerto, palurdo, atrasado, burdo, vulgar, ordinario, pueblerino, tonto, de mentalidad y costumbres poco avanzadas.

El centralismo permanece escondido, (pero arbitrariamente activo, deglutiendo las rentas seccionales), en entidades, cuyos integrantes nadie conoce ni eligió por votación popular, pero viven en todos los gobiernos. Nunca rinden cuentas del manejo, distribución, flujos, montos y saldos del dinero que, si no se usan en el año fiscal, desaparecen. De esa oligarquía burocrática dependen la vida, el progreso, la salud, la educación, la seguridad y la paz pública. Causan pobreza y depredan ciudades, pueblos y recintos.

Las autoridades seccionales, para recibir sus cheques, son extorsionadas por los centralistas. Las rentas deben ser recaudadas, administradas e invertidas directamente por el régimen seccional y no por el centralismo. La unidad de la patria peligra por mantener esa estructura obsoleta, injusta y corrupta que atomiza al país. Los pueblos demandan servicios, autonomía, justicia, competencias y obras, que impide el centralismo. La supuesta “solidaridad con las provincias pequeñas” es una falacia.

Cuando fui diputado de la República, (1990-1992) pude constatar que el “centralismo” también perjudicaba a Quito y Pichincha. Sus autoridades, “cruzando la calle”, hacían antesala obligatoria ante poderosos funcionarios, anónimos, para que les devuelvan sus rentas propias.

Y el Alcalde de Quito, el 26 de febrero, dijo “Cómo pueden darle un maltrato de esta naturaleza a Quito que lo único que hace es trabajar por sus propios medios”. Paco Moncayo rechazó el veto (total) a la ley que permite que los municipios asuman, con el impuesto anual sobre la propiedad de los vehículos motorizados, la competencia del tránsito y transporte terrestre. “Nosotros tenemos la semaforización, señalización, gestión del tránsito”. “Tenemos esas competencias y no tenemos los recursos, es decir, es al revés de esa barbaridad que han hecho firmar al Presidente. No saben lo que pasa con Quito”. Ante la crítica del presidente Correa a la concesión del nuevo aeropuerto, Moncayo respondió: “Yo no voy a estar aquí sufriendo por las críticas de nadie…” “Esta es una ciudad que tiene una “autonomía” que le dan la Constitución y la Ley. Que nos dejen trabajar. Si no nos ayudan, por lo menos no nos molesten”. El diputado cuencano Fernando Cordero dijo: “Ignorancia o mala fe”. Es “un golpe bajo a la descentralización.

Hace lo contrario a un Estado eficiente, solidario, moderno y descentralizado Perjudica a Quito, Cuenca, Loja, Otavalo, Manta, Ibarra y Ambato. Es más viable crear regiones autónomas, eliminando las provincias. Esto se haría mediante la asociación de municipios para crear los gobiernos intermedios regionales autónomos”. “El sistema de provincias está caduco”, dijo Fernando Bustamante. El presidente Correa enfatizó: “Me opongo a la provincialización. La autonomía es la solución”.

Las “autonomías” robustecerán las nacionalidades, etnias y diversidades indígenas y autóctonas de la Costa, Sierra y Oriente, pues podrán organizar “su propio” distrito y nombrar sus representantes y autoridades directamente, bajo la nueva división territorial en “Estado Federal de Derecho”.

Cada “distrito” tendría sus propias estructuras legislativas, administrativas y jurisdiccionales, supeditadas a “su” pueblo. La palabra distrito (del latín districtus) se refiere a las demarcaciones en que se subdivide un territorio o una población, administrativa, jurídica o electoralmente para organizar su gobierno y realizar sus servicios administrativos. En lugar de tener una justicia politizada y centralista habría juzgados distritales. El “distrito” permite que los grupos poblacionales estén representados en todas las instancias públicas. En síntesis, la revolución constitucional es el nuevo “Estado Federal de Derecho” que termine con el actual “Estado (seudo) social, legalista”, in jurídico, provinciano, que desorganizó la sociedad e incumplió sus fines.